
La erupción del volcán congeló la rutina de más de una decena de barrios de La Palma. En Las Manchas (El Paso) todavía queda ropa tendida en algunas terrazas, y pequeñas cosechas de frutas y verduras siguen recolectadas en cuartos inundados por la ceniza. Este pequeño núcleo poblacional se ha convertido ahora en un barrio fantasma. Los hogares de los poco más de 600 habitantes de este pequeño pueblo están bordeados por la colada y presididos por un monstruo incansable que no deja de escupir lava. Donde antes había vida, ahora solo se escucha el fuerte sonido de la lluvia de ceniza que viste de negro a Las Manchas. La erupción ha sacado de sus casas a más de 5.700 personas, ha arrasado hasta el momento 413,38 hectáreas y 946 infraestructuras, a las que se suman las 128 que han sufrido daños parciales.
Hasta allí se han acercado este lunes más de 60 profesionales de la comunicación en una visita organizada por el Gobierno de Canarias, acompañados por miembros del comité científico, agentes de la Policía Local Canaria, de la Guardia Civil y de Medio Ambiente. Durante el recorrido, tuvo lugar una lluvia de cenizas y de fragmentos piroclásticos, alimentada por el viento alisio, según ha explicado el geólogo Stavros Meletlidis.
Desde el mirador de Las Hoyas puede verse con claridad todo el terreno que la lava ha ganado ya al mar, a donde llegó a través de la playa de Los Guirres el 28 de septiembre. El director técnico Comité Director del Plan Especial de Protección Civil y Atención de Emergencias por Riesgo Volcánico de Canarias (Pevolca), Miguel Ángel Morcuende, señaló este lunes que la fajana alcanza ya las 32,7 hectáreas de superficie.
Según el experto, se está formando a partir de »cuatro lóbulos de la colada» y está siendo observada por barcos del Gobierno de Canarias y del Estado, que analizan también los niveles de dióxido de carbono y ácido clorhídrico. La directora del Instituto Geográfico Nacional (IGN), María José Blanco, y el geólogo Ramón Casillas explican a este periódico que pueden pasar meses e incluso años hasta que esta isla baja pueda ser habitable o edificable. Además, Casillas no recomienda construir en esas zonas por ser inestables.
Puerto Naos es otro de estos barrios desangelados. Un pequeño taller de pintura en primera línea de playa aguarda con decenas de cuadros sin terminar. También allí la vida se ha paralizado y ni siquiera se escuchan los estruendos del volcán. Stavros Meletlidis apunta que la red de vigilancia volcánica de la zona ha detectado señales sísmicas. Si bien, el desalojo en esta zona se ha efectuado por el peligro que hay de derrumbamiento. “Hay una colada de varios metros en Puerto Naos y entendemos que, si hubiera un derrumbe, la gente se quedaría atrapada”.
En el caso de los núcleos más cercanos al volcán, el peligro eran los fragmentos de piroclastos y la lava. “Se está haciendo un trabajo conjunto de todas las redes sísmicas para poder generar una idea global de lo que puede pasar y así garantizar la protección civil”, apunta el geólogo, que celebra la disciplina de la población que ha permitido que no se tengan que lamentar muertes.
El derrumbe parcial que sufrió durante la noche el cono principal provocó un derrame del lago de lava, así como también originó picos de explosividad y gases, algo que se encuentra dentro de lo habitual dentro de una erupción estromboliana. Así, el Pevolca continúa monitorizando la colada para ‘’prever cualquier cambio significativo’’ que obligue a tomar medidas para garantizar la seguridad de los vecinos y vecinas. Sin embargo, Meletlidis recuerda que los tiempos de este fenómeno geológico »no encajan en nuestro ritmo de vida». »Lo que para nosotros paree un cambio brusco, está dentro de lo esperable. Es un proceso que genera destrucción, pero que va construyéndose a sí mismo», resume el científico. En cuanto a los frecuentes temblores registrados en Fuencaliente, el geólogo Ramón Casillas insiste en que forman parte del proceso que ya está en marcha.
La directora del IGN confiesa que es más fácil subir el nivel de riesgo que bajarlo. »Los fenómenos así se mueven en unas escalas temporales para las que nuestra vida no está preparada», matiza María José Blanco. Este caso también está condicionado por el alto número de personas desalojadas y que se han quedado sin nada. La científica pone como ejemplo a El Hierro. »A partir de febrero las señales habían desaparecido casi por completo, pero hasta un mes después no bajamos el semáforo».
source Viaje a los barrios destrozados por el volcán de La Palma